Ya conocía a D porque hacía unos meses le había hecho un colgante de abolengo a partir de parte del oro de la alianza de su padre, que había fallecido. Buscaba, con ese colgante, llevarlo siempre con ella y no le importaba la forma que tomara.
Quería que el fuego lo transformara en esas formas orgánicas que toma al comenzar a fundirse, que fuera libre, que lo importante fuera el proceso del cambio de forma.
Y este mismo acercamiento es que tomamos con sus alianzas: crear unos anillos clásicos que el fuego transformara a su gusto.
Cada una, esconde en su interior una gema tallada en cabujón que especial para ellos. Un ópalo para D, un granate para P.
Las gemas no transmiten el calor como el metal, por eso siempre están más frías. Me gusta pensar que, aunque casi imperceptible, siempre noten una pequeña presión y frío en el lugar de la gema. Y que les recuerde su individualidad y su elección, representada en esa gema.
Partimos de oro de ella y de él, que junté, fundí y convertí en hilo para dar forma a las dos alianzas de media caña, clásicas, cada una con un espesor diferente.
La alianza de P, además, se transforma poco a poco en una alianza facetada. Esta transición a medida que gira el anillo era importante para él, para mantener dos mundos en equilibrio.
Una vez con las alianzas hechas, apliqué el fuego para que transformara sus formas a su antojo, consiguiendo estas formas casi acuáticas, que hacen pensar que el oro se ha solidificado en ese instante.



