Dos alianzas unidas en una: la suya y la de su esposo, que ya no está. Un proyecto con una idea muy pura, que las alianzas se unieran en un abrazo y el oro fluyera entre ellas.
He tenido las alianzas en el taller desde antes de la baja de maternidad. Iban a ser el primer encargo que haría tras la vuelta, para que llegaran a tiempo para llevarlas en la boda de su hija este verano.
Una boda, ahora retrasada. Una baja de maternidad muy diferente a lo que esperaba. Unos meses que nadie nos hubiéramos imaginado así.
Los meses en los que aún no podía trabajar en el taller pensaba mucho en cómo hacer esta pieza. Me parecía que era un trabajo más de taller que de diseño, de ver cómo el fuego iba transformándolas. De sentir más que de proyectar. Pero no podía dejar pensar en ellas, esperándome.


Por otro lado, cuando volví, no me atrevía a tocarlas. Me asustaba que el fuego no se comportara como recordaba. Porque iba a ser un proceso sin vuelta atrás.
Lo importante era el simbolismo, más que la apariencia. Quería que estas alianzas estuvieran realmente unidas por un abrazo.
Lo que decidí en esos meses de pensar en ellas fue que no podía cortarlas, sólo tocarlas con el fuego. Quería que fuera muy puro, que se fundieran entre ellas, abrazadas.
Tampoco podría achicar la de él para adaptarla al dedo de ella. Quería que el tamaño de su mano siguiera presente, abrazando a la suya.


