M vino a verme para que hiciéramos juntas el anillo de pedida para su novia, quién ya le había regalado a ella uno.
Estuvimos charlando sobre cómo era su relación y cómo eran ellas, y sobre qué quería que este anillo contara: que siendo ella cambiante como el aire, sabía que quería estar siempre con ella, que la sentía como su ancla, su roca, su certeza más grande.
Me trajo dos esmeraldas traídas por su padre de Colombia hacía años, para elegir una para este anillo. Era un símbolo muy bonito para hablar de esa certeza, de esa permanencia, regalarle una gema de la familia. Nos parecía muy grande y estuvimos dando vueltas a cómo integrarla en un anillo que no quería que fuera demasiado llamativo.
Yo veía que en este anillo de pedida, la esmeralda debía de estar escondida, había que enterrarla, devolverla a su origen: la eternidad de la roca, para solo entrever el tesoro.
Así, la esmeralda bajaba de presencia y el anillo hablaba de ser estable, eterno, certero.

Hice varias pruebas de textura para que el anillo se convirtiera en roca y en su cima excavé el hueco de la esmeralda, que se abre completamente en la parte interior del anillo. Ahí, la esmeralda se muestra más, a través de un corte rectangular más limpio, protegida de las miradas.
En la parte delantera, el propio metal de esa excavación se vuelca de manera muy irregular sobre la esmeralda, casi como tierra que ha caído sobre ella.
Y cuando teníamos más o menos claro esto, caí en algo maravilloso. En que el anillo que su novia ya le había regalado a ella era aire, era ligero, irregular y llevaba una gema clara. Porque ella es aire. Y el anillo que íbamos a hacer era macizo, era estable, porque era roca.
Un anillo de pedida con una esmeralda escondida.
Y así, el aire y la roca se unieron.



