Unas delicadas ramitas de un rosal silvestre, recogidas en un paseo por el Puerto de Canencia con mis hijos, sirvieron de modelo para crear esta cruz para un bautizo. Una ramita encontrada, casi insignificante, que el fuego y el metal han convertido en algo eterno.
A menudo trabajo con simbolismos privados, esa joya que funciona como un amuleto hacia dentro, donde solo quien la lleva conoce su historia. Pero existen también los símbolos públicos, como la cruz, que pertenecen a todos pero que cada uno habita a su manera.

En esta pieza, el enfoque se desplaza hacia lo natural, hacia el origen de todo. Es una mirada a la creación en su estado más puro: la rama, el nudo, la irregularidad de la madera. He querido que la joya conserve esa esencia botánica para honrar al mundo que nos acoge.
Esta cruz es un regalo para celebrar una llegada, para que le acompañe mientras su madrina le enseña las cosas maravillosas de este mundo. Un recordatorio de que la belleza, a menudo, reside en lo que nace sin pretensión y se ofrece a la mirada de quien sabe detenerse.

El proceso de crear esta cruz de bautismo ha sido precioso. Tener en el taller los recuerdos de ese paseo, esas ramitas esperando encontrar su lugar. La selección de las que podrían funcionar, muy finas para que la cruz tuviera el tamaño apropiado pero no tanto como para que el oro no pudiera fluir por el hueco que dejaban.
Al principio intenté crear una propia cruz de ramitas para verter el oro directamente en esa forma, pero me di cuenta de que el trabajo tenía que seguir la humildad de la ramita y construir esa cruz a través de varias partes.



