Vino al taller para entregar un legado a sus sobrinas, ahora que entraban en la vida adulta: quería transformar el oro y los diamantes de un anillo de su abuela en tres colgantes para ellas. No buscaba simplemente repartir una joya familiar; quería que llevaran siempre presente la manera tan especial y luminosa que tenía ella de ver el mundo.
Hablando sobre cómo podrían ser, me dijo algo que definió el sentido de estas piezas: quería que los llevaran como quisieran, sin imponerles un collar, permitiendo que cada una hiciera la pieza suya. Su intención era entregarles algo que las acompañara en su vida adulta, que quizá las inspirara, pero sin decirles cómo vivir. Y entonces le propuse no hacer unos colgantes, sino tres mecanismos con diferentes maneras de usarse. Tres instrumentos para poder mirar la vida, cuando quisieran, con la mirada de su abuela.
Los colgantes son un juego de aros en los que bailan los diamantes de su abuela, engastados en chatón abierto por detrás, para que pudieran jugar a mirar a través de él y buscar su brillo.

Pensé en algunas formas de llevarlo, pero estoy segura de que ellas encontrarán muchas más: el más clásico, pasando una cadena por la arandela pequeña, dejando el diamante centrado en el aro mayor, pero también puede pasar el aro grande por un cordón, incluso anudado doblemente convertido en pulsera. O colgando de un broche, o de un pendiente, o como anillo.
La tarjeta que entregué con la joyas decía: “Estas piezas llevan la luz de una mujer pionera que veía la vida con una claridad única. Al igual que estos mecanismos, la vida no tiene una sola forma de vivirse: mirad a través del diamante, jugad con ellos, buscad la señal en el brillo y volad. Ojalá os inspiren.”
Ojalá lo hagan.


